Y yo acariciaba su espalda,
movía lentamente mi mano
sobre un camino explorado.
Apenas tocaba su piel,
casi se podría decir
que acariciaba el inexistente aire
entre su espalda y mis dedos.
Acariciar la espalda,
cosa fácil, cosa buena.
Con método monótono
iba deambulando en lo oscuro
sobre su desnudez ofrecida.
Cordilleras de su columna vertebral,
hondonada de sus pulmones,
mesetas de sus triangulares omóplatos.
Toda su geografía,
toda su anatomía,
era el camino a explorar.
Toda su piel se ofrecía.
Y entonces, de pronto, entendí y sonreí.
En realidad su espalda estaba acariciando mi mano.
En realidad su espalda estaba acariciando mi alma.
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"Mientras se nos va pasando la muerte" - ® Daniel Eduardo Alonso (Febrero-2017)
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